El Relato de la "Unidad" de Paloma Valencia
Una Farsa para Ocultar Décadas de Guerra contra los Derechos Sociales
La candidata presidencial Paloma Valencia quiere que le creamos que ha "madurado". En su primera entrevista junto a Juan Daniel Oviedo, nos invita a aceptar que su nueva fórmula representa la posibilidad de "caminar entre distintos", de curar "cicatrices" y de construir un futuro donde "él quepa como es y yo quepa como soy". Suena bonito, suena a reconciliación. Pero hay un problema insalvable para quien haya seguido su carrera política: la misma persona que hoy pide "diálogo" y "no poner problemas que no tenemos" ha dedicado los últimos años a bloquear, torpedear y estigmatizar cualquier iniciativa que busque ampliar derechos o fortalecer el Estado social, simplemente porque venía de este gobierno.
La estrategia de Valencia y Oviedo es un clásico de manual de campaña: construir un relato de "moderación" y "apertura mental" para llegar al poder, mientras se esconde el historial de guerra sucia y oposición sistemática que los define. Analicemos la farsa.
La "Oposición Constructiva" que Solo Busca Destruir
Paloma Valencia dice ahora que "todo es hablable" y que el país no puede seguir "buscando con qué asustar". Sin embargo, su comportamiento en el Congreso de la República durante el gobierno de Gustavo Petro ha sido todo menos dialogante. Mientras los colombianos más pobres esperaban las reformas para mejorar sus vidas, Valencia hacía parte de una bancada dedicada a dilatar, obstruir y desfinanciar cualquier proyecto con sello del ejecutivo.
¿Dónde estaba su espíritu de "sumar en tres distintos" cuando se discutió la reforma pensional? Hoy, en la entrevista, se permite hacer gestos técnicos diciendo que está de acuerdo con eliminar los subsidios a las altas pensiones, pero en la práctica, su sector político ha sido el principal escollo para crear un sistema que, con todos sus defectos, buscaba ampliar la cobertura a millones de viejos que hoy no reciben ni un peso. Ella misma lo admite sin pudor: rechaza el sistema porque, según ella, le está "patiando el balón a los pelados de este país" al generar deuda. Es decir, le importa más la "responsabilidad fiscal" abstracta que la supervivencia de los adultos mayores.
Pero el cinismo se vuelve grotesco cuando habla de los subsidios. En la entrevista, Valencia se ufana de defender el subsidio al adulto mayor porque "lo creó Uribe". La lógica es perversa: los programas sociales solo son legítimos si los creó su jefe político, Álvaro Uribe. Si los propone un gobierno progresista, aunque lleguen a más personas, son un atentado contra el país. Esta no es una postura de principios, es una táctica de guerra política. Su objetivo nunca ha sido el bienestar de la gente, sino la deslegitimación del adversario.
El Derecho a la Salud: Cuando los Datos se Olvidan
Aquí entra la figura de Juan Daniel Oviedo, el tecnócrata que se presenta como el hombre de los datos y la evidencia. Oviedo habla de la necesidad de "estabilizar el sistema", de la "trazabilidad" y de las "finanzas abiertas". Suena serio, suena profesional. Sin embargo, al sentarse al lado de Valencia, está legitimando a una persona que ha hecho carrera política atacando la financiación de la salud pública.
Paloma Valencia repite el mantra de la derecha sobre la corrupción en la salud, diciendo que este gobierno "les cambió el apellido" a los corruptos. Lo que omite es que el caos actual en el sistema de salud es herencia directa del modelo de intermediación financiera (Ley 100) que su partido ha defendido durante décadas. Un modelo que convierte la salud en un negocio y que, bajo el gobierno de Duque —del cual Oviedo fue parte como director del DANE—, dejó una deuda monumental con los hospitales y una crisis de medicamentos que este gobierno ha intentado, con dificultades, destrabar.
Oviedo puede tener toda la técnica, pero al abrazar a Valencia, está abrazando la causa de quienes han preferido que la salud sea un negocio de unas pocas EPS a que sea un derecho universal garantizado por el Estado.
El "Respeto" por la Diferencia que Nunca Existió
Quizás el momento más cínico de la entrevista es cuando hablan de ideología de género y derechos LGBTIQ+. Juan Daniel Oviedo, un hombre abiertamente homosexual, intenta tender puentes explicando la complejidad del tema. Paloma Valencia, por su parte, insiste en la existencia de una "ideología de género" perniciosa que hace "apología" de la diversidad y confunde a los niños.
La candidata dice respetar a Oviedo, pero su discurso está alineado con los sectores más retrógrados que han estigmatizado a la comunidad diversa durante años. Ella no solo tiene una opinión personal; su postura se ha traducido en votos en el Congreso para bloquear garantías y en un discurso de odio que alimenta la discriminación. Preguntarle a una pareja homosexual si un niño está mejor con ellos que en el Bienestar Familiar no es un ejercicio filosófico; es repetir el estigma de que los hogares diversos son hogares de segunda categoría.
Conclusión: Una Alianza para Reciclar el Fracaso
La fórmula Valencia-Oviedo no es un experimento de democracia deliberativa. Es una operación de maquillaje. La derecha colombiana, representada por el uribismo, sabe que su discurso de odio y su modelo de exclusión tienen un techo electoral. Necesitan una nueva cara, una figura "independiente" y técnica que les preste su credibilidad para volver al poder.
Juan Daniel Oviedo está prestando su imagen para intentar desintoxicar a una política que ha hecho de la oposición por la oposición misma su única bandera. Mientras tanto, Paloma Valencia sigue siendo la misma congresista que votó en contra de ampliar derechos, la misma que defiende el legado de Uribe —el presidente que militarizó el país y persiguió a la oposición— y la misma que hoy, con una sonrisa, nos pide que olvidemos su historial y nos fiemos de su "madurez".
Los colombianos harían bien en no olvidar. La derecha no ha cambiado. Solo ha encontrado un nuevo eslogan para vestir sus viejas y fracasadas políticas. La "unidad" de la que hablan no es más que el abrazo del oso entre el cálculo político y la ingenuidad tecnocrática. Y como siempre, quien terminará pagando el costo será el pueblo.